Un estudio internacional liderado por BrainLat y publicado en Nature Communications demuestra que la adversidad social acumulada desde la infancia impacta en el envejecimiento saludable y en el riesgo de demencia.
Las experiencias significativas que vivimos a lo largo de la vida —en especial las sociales— no solo moldean nuestra identidad, también dejan una marca duradera en la salud mental y cerebral. La investigación midió por primera vez y de forma integral el “exposoma social”. Es decir, la acumulación de factores como baja escolaridad, inseguridad alimentaria, estrés financiero, acceso limitado a la salud y experiencias traumáticas.
El primer autor del trabajo e investigador BrainLat de la Universidad Adolfo Ibáñez, Joaquín Migeot, explicó a The Clinic que “queríamos saber cómo es que los determinantes sociales de la salud decían la salud cerebral de personas con demencia en Latinoamérica y particularmente investigando la multineve. No solamente cognición y nivel socioeconómico o educación, como típicamente se estudia en la literatura, sino que aquí nosotros utilizamos un abordaje mucho más amplio“.
“Consideramos factores como, por ejemplo, si las personas habían trabajado durante la infancia o no, cuáles fueron sus experiencias durante la infancia, sus bienes a lo largo de la vida desde que tenían 0 a 10 años hasta recientemente, y una multidimensionalidad de otros factores y cómo es que todo esto impacta en la salud cerebral”, añadió.
Los factores que pueden alterar la salud cerebral
Consultado sobre qué se consideró como una adversidad social, Migeot detalló que el estudio estaba “compuesto de varias preguntas, que era calidad de la educación, años de educación, educación de la madre, el padre y la ruralidad de la educación. En otra dimensión teníamos el estado financiero, que medía si es que las personas llegaban o no con suficientes recursos a final de mes. Si es que, en base a esto, habían podido acceder o no a recursos básicos. Esto a lo largo de la vida, no solamente recientemente”.
“Teníamos también otra dimensión de bienes, que era de todo tipo de bienes, desde baño hasta autos, electrodomésticos. Teníamos también dimensiones de acceso a la salud. A eso se suman las experiencias de infancia, si es que las personas habían trabajado durante la infancia. Nivel socioeconómico subjetivo, que es básicamente preguntar a las personas cómo ellos se perciben su nivel socioeconómico en relación al resto de su comunidad. También teníamos otra dimensión de relaciones, que es básicamente cómo las personas se relacionan con las personas de su entorno, la calidad de esas relaciones”, enumeró.
La prevención empieza en la infancia
Los autores del estudio subrayan que la prevención de la demencia no puede limitarse a la adultez media —con medidas como controlar la hipertensión o la diabetes—, sino que debe comenzar desde la niñez. Reducir la inseguridad alimentaria, mejorar la calidad educativa y garantizar un acceso confiable a la salud son inversiones que fortalecen el “capital cerebral” y cuyos efectos se extienden décadas más tarde.
Según el estudio, 56% de los casos de demencia en América Latina podrían atribuirse a factores de riesgo modificables, cifra superior al promedio mundial (46%). Estos factores se relacionan estrechamente con las dimensiones del exposoma social.
Fuente: THE CLINIC






