Con el inicio oficial del invierno, las proyecciones meteorológicas para los próximos meses comenzaron a cambiar de tono. A la expectativa por el retorno de las lluvias se sumó una señal internacional relevante: la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) confirmó la presencia de condiciones ambientales asociadas a El Niño costero en el océano Pacífico ecuatorial.
El fenómeno se caracteriza por un calentamiento anómalo de las aguas superficiales del Pacífico y por cambios en la circulación atmosférica que pueden alterar los patrones climáticos en distintas regiones del mundo. Entre sus efectos más conocidos se encuentran modificaciones en las precipitaciones, temperaturas y la ocurrencia de eventos meteorológicos extremos.
La confirmación llega luego de meses de seguimiento a las condiciones oceánicas del Pacífico. Según el último informe de NOAA, existe una probabilidad del 63% de que El Niño alcance una categoría muy fuerte entre noviembre de este año y enero de 2027, ubicándose potencialmente entre los eventos más intensos registrados desde 1950.
En Chile, la noticia coincide con los pronósticos de la Dirección Meteorológica, que anticipan un aumento de las precipitaciones durante la segunda mitad del invierno. Tras un mayo y junio marcados por déficits de lluvia en gran parte del país, las proyecciones apuntan a una recuperación progresiva desde mediados de julio.
Las estimaciones meteorológicas indican que en la zona central podrían acumularse entre 150 y 200 milímetros de precipitaciones durante los próximos tres meses, permitiendo acercarse a valores normales para la estación e incluso superarlos en algunos sectores.
Sin embargo, los especialistas llaman a evitar interpretaciones simplistas sobre el fenómeno. Pablo Sarricolea, académico del Departamento de Geografía de la Universidad de Chile e investigador del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2), explica que la relación entre El Niño y las lluvias en Chile no es automática. “El Niño mueve la aguja hacia más lluvia, no que garantiza lluvia”, sostiene.

El investigador advierte además que un aumento de las precipitaciones no necesariamente se traduce en una mayor disponibilidad de agua. Una de las consecuencias asociadas a El Niño es el aumento de la denominada isoterma cero, lo que puede provocar que parte de la precipitación que normalmente cae como nieve en la cordillera se transforme en lluvia.
Ese cambio tiene efectos relevantes para el abastecimiento hídrico. La nieve acumulada en la cordillera funciona como una reserva natural que alimenta ríos, embalses y acuíferos durante la primavera y el verano. Cuando una mayor proporción de esa precipitación cae en estado líquido, la disponibilidad de agua puede aumentar de forma inmediata, pero disminuir en los meses posteriores.
Además, episodios de lluvias intensas pueden generar aumentos bruscos de caudal, mayor turbiedad en los ríos, interrupciones en sistemas de agua potable y remociones en masa en sectores precordilleranos y cordilleranos.
Los expertos también recuerdan que Chile continúa enfrentando los efectos de una megasequía que se extiende por más de una década. Aunque un invierno más lluvioso podría aliviar parcialmente el déficit hídrico acumulado, la recuperación de aguas subterráneas y acuíferos suele requerir varios años de precipitaciones por sobre lo normal.
En ese contexto, Sarricolea plantea que “un invierno húmedo de El Niño es una pausa, no una reversión de la sequía”, subrayando que los efectos estructurales del déficit hídrico no desaparecen con una sola temporada favorable.
Las zonas que concentran mayor atención son el tramo comprendido entre Valparaíso y La Araucanía, donde podría aumentar la frecuencia de sistemas frontales intensos. También aparecen como áreas sensibles la precordillera, las ciudades emplazadas en quebradas y el Norte Chico, donde podrían registrarse precipitaciones asociadas a bajas segregadas.
Así, el invierno de 2026 comienza con un escenario que mezcla expectativas y cautela. Mientras las proyecciones apuntan a un regreso de las lluvias y a una mayor influencia de El Niño durante los próximos meses, los especialistas advierten que el desafío no será únicamente cuánto llueva, sino cómo gestionar los riesgos y aprovechar de mejor manera el agua que llegue tras años de escasez.
El escenario invernal no estará marcado únicamente por las lluvias. La Dirección Meteorológica también anticipa episodios frecuentes de bajas temperaturasy heladas en la zona central y centro-sur del país. Las temperaturas mínimas extremas podrían ubicarse entre los 0°C y los -2°C durante la temporada, mientras que en eventos puntuales podrían descender incluso hasta los -4°C.
Las máximas, en tanto, se mantendrían levemente por sobre los valores normales para la época. Sin embargo, el paso de sistemas frontales seguido por masas de aire frío favorecerá la ocurrencia de mañanas especialmente frías, un patrón que ya comenzó a observarse durante los primeros días del invierno astronómico.
Fuente The Clinic






