El cambio climático no crea el problema, lo deja en evidencia

Lluvias cada vez más intensas están exponiendo una infraestructura urbana pensada para otro clima y planes de inversión que siguen sin materializarse. Pablo Allard, decano de la Facultad de Arquitectura de la UDD, plantea la necesidad de una planificación más holística, que incorpore soluciones de adaptación como las llamadas “ciudades esponja”.

Las imágenes de San Carlos de Apoquindo se suman a los socavones de Reñaca y a numerosos episodios pasados en Taltal, Antofagasta y Copiapó. La amenaza climática se intensifica y las ciudades no están preparadas, ya sea por falta de planificación o de inversión.

Hoy llueve con menos frecuencia y con una intensidad mucho mayor. La Región Metropolitana ha acumulado más agua que nunca. Cuando esto ocurre, la infraestructura no resiste, lo que provoca anegamientos, aumento de caudales y activación de quebradas en distintas comunas. Las soluciones diseñadas hace dos o tres décadas no fueron pensadas para este escenario. Así, la fuerza de la naturaleza nos demuestra que las ciudades que necesitamos no se construirán solo con cemento, sino también con adaptación.

Las urbes actuales enfrentan una encrucijada histórica frente al cambio climático, aunque este no es el origen de sus falencias: solo las pone de manifiesto. Cuando las obras se hicieron bien y con visión de futuro, resistieron. Los planes maestros de la Región Metropolitana tienen más de veinte años y sus inversiones siguen lejos de materializarse. A esto se agregan loteos irregulares sin infraestructura y normas insuficientes, poco aplicadas o no fiscalizadas.

Pablo Allard, decano de la Facultad de Arquitectura de la UDD, explica que “el cambio climático no discrimina respecto a niveles socioeconómicos o culturales”, por lo que se requiere una mirada de planificación urbana mucho más holística.

Actualmente, muchas ciudades se están transformando en “ciudades esponja”, con pavimentos permeables, espacios públicos y privados que retienen el agua para depurarla, almacenarla y reutilizarla, y techos y corredores verdes que la conducen de forma segura. Los sistemas naturales, como los humedales, cumplen esa misma función protectora.

La verdadera resiliencia urbana e hídrica es la capacidad de anticiparse a los eventos extremos, absorberlos y adaptarse a ellos. Es urgente avanzar hacia soluciones como parques inundables, lagunas de laminación y pavimentos porosos para mitigar futuros desbordes. Necesitamos una planificación que permita pasar de la reacción a la prevención, coordinarnos con sentido de urgencia y conectar la arquitectura con el urbanismo, el cambio climático con la hidráulica, la ecología con la historia y la ciencia con la creatividad.